El violín y la furia
Contemplando los increíbles tonos malvas y los aterciopelados naranjas con los que el día se despide hasta mañana, me sobrevienen las no menos impactantes notas del violín con el que Anne Sophie Mutter acaricia y adora el tercer movimiento del verano de las cuatro estaciones de Vialdi. Hoy la he venido escuchando de camino al trabajo, con el volumen del mp3 a 3/4 de su potencia, para que cada una de las acometidas de la virtuosa alemana sobre el Stradivarius se alzase sobre el ensordecedor y furioso ruido que los vagones del metro y de la RENFE perpetúan al desvirgar los túneles que horadan Madrid. Y el tema se acaba. Y entonces se me acaban las esperanzas por dar de mí una imagen refinada y tocada por a saber qué varita mágica que me ofrece poder disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Y no es que no los disfrute con cosas mucho más provechosas tanto en el plano espiritual como en el púramente físico, pero tras escuchar la última nota y abrir los ojos y darme cuenta de que me tengo que bajar en una estación para coger otro tren y después otro más POR LAS PUTAS OBRAS, emblema y significante de este rincón del planeta, me doy cuenta de que, por mucho que algunos hagan un esfuerzo, Madrid es una ciudad tercermundista, una jodida isla bananera de asfalto en la que alguien que en su maldita vida ha montado en metro o autobús (sin contar inauguraciones en las que todo funciona a la perfección) y sólo se mueve con chófer ha tenido la brillante idea de hacer todas las obras imaginables A LA VEZ. Que luego Madrid va a ser muy bonito, muy funcional y el resto de países del mundo se van a cagar de envidia. Desoyendo la pequeña vocecilla que me pide que siga manteniendo un tono cordial y alejado de la más soez sordidez, sólo encuentro una respuesta a esa idílica situación: por mis cojones. Se acabarán las obras de la M30 y empezarán las de la M40. Terminarán las de las líneas 2 , 3, 8 y 10 de metro y comenzarán con los cortes en la 4, la 5, la 6, la 7, la 9, la 11 y la 12. El megaintercambiador de la muerte de Príncipe Pío será una realidad (con problemas de atascazos, hagan sus apuestas), y se montará la de San Quintín con obras similares en Cuatro Caminos, o en Aluche. Se anunciará el fin de la huelga encubierta de los maquinistas de RENFE y volverán las huelgas oficiales. La N-V dejará de parecer una etapa del rallie de los 1000 lagos y empezarán a liarla con la carretera de La Coruña. El agua sustituirá a las grúas monolíticas en el Manzanares y éstas seguirán trajinando en las faraónicas obras del Metronorte y el Metroeste multiplicadas como los panes y los peces. Las obras del intercambiador interestelar de Sol no impedirán que la gente se tome las uvas delante del relojito de la Casa de Correos pero se preparará un proyecto similar para la Gran Vía (¿por qué no?). Con un poco de suerte, se confirma la pesadilla que tuvo Paco Rabanne para la entrada del nuevo milenio pero con un margen de error en cuanto al lugar y la fecha, se escoña la estación MIR en el centro de la península y tenemos obras para los siguientes 1.200 años. Ni un hogar sin lumbre, ni un madrileño sin una zanja o una valla que le joda de día y de noche. Y ante eso, ni Anne Sophie Mutter ni el mismísimo Vivaldi pueden hacer gran cosa.
¿Por qué demonios piensan que he tardado tanto en volver? Pues por qué va a ser, por las putas obras...
¿Por qué demonios piensan que he tardado tanto en volver? Pues por qué va a ser, por las putas obras...

"Tened cuidado, Telemandril os vigila"


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