¿Qué hacías mientras ardía el Windsor?
Cada vez estoy más convencido de que la memoria tiene fecha de caducidad. No creo que (de momento) sea cuestión de la edad, ni de llevar una vida al límite (¿de qué se puede llevar una vida al límite?), ni de tonterías por el estilo. Más bien tiene que ver con esas galerías de las que hablaba Machado en la que se almacenan los recuerdos, en las que sólo se salvan del polvo que ensombrece los detalles los momentos personalmente significativos o los ¿Qué estaba haciendo usted cuando ocurrió X?
Por las veces que uno ha oído las historias referidas al preciso momento en el que un tal Neil Armstrong ponía sus pies sobre la luna, quienes aún no éramos ni un proyecto de ser humano en ese 1969, veíamos con desilusión la posibilidad de no ser testigos de acontecimientos históricos de esos que terminan conformando el imaginario colectivo. Claro, que luego llegaría un 23 F, la caída del muro de Berlín, el 11 de septiembre en NY, el mismo día de marzo en Madrid o el incendio del edificio Windsor en uno de los reductos que internacionalizan el skyline patrio. Es evidente que cada uno de estos sucesos, por llamarlos de algún modo, no tienen nada que ver los unos con los otros. Las repercusiones y la importancia de cada tipo de acontecimiento es muy particular, compartiendo tan solo ese interés mediático y popular sobre lo que cada uno estábamos haciendo en el mismo instante en el que ocurrió.
Con respecto al último que nos sacudió la indiferencia, aunque me cueste reconocerlo, mientras el edificio Windsor empezaba a consumirse, yo estaba durmiendo. Es curioso, muy curioso. Precísamente ese fin de semana me encontraba a un centenar de kilómetros de Madrid, precísamente disfrutando de ese tipo de escapadas necesarias para descansar de las aceras sucias, del asfalto, del hormigón, de las prisas, del metro, del aire viciado, del ruido, del depender del inquebrantable horario que marcan despertadores, andenes, ordenadores y trabajo...
Una llamada. Miro la hora, la 1:45 de la mañana. En condiciones normales aún me quedarían casi dos horitas para despedir el día. Entre el sueño y la realidad distingo las palabras "Windsor", "ardiendo", "Castellana", "televisión" y "coloso en llamas". Cuelgo. Me doy la vuelta en la cama esperando volver a pillar el sueño. Pero no puedo. Ahí lo tenemos, ese obsceno morbo que preconiza un acontecimiento de relieve. Enciendo la televisión. En la primera de Televisión Española un telediario dando imágenes del suceso. En la 2 una película sobre unos aborígenes africanos. En Antena 3 una de esas películas basadas en hechos reales que han quedado desbancadas del horario siestil por los programas más sórdidos. En Telecinco, los habituales de un programa del corazón, amén de dar muestra de su innato conocimiento sobre el devenir existencial de la más baja calaña social, presumen sobre sus amplia experiencia en el campo de la arquitectura, sobre los métodos más apropiados para la extinción de incendios, reparto de cargas, estructuras de hormigón... (si se las dan de periodistas se las pueden dar también de arquitectos, médicos y peritos agrónomos si se tercia). En el plus... ni idea, codificado, y eso que en la publicidad del hotel decían tener televisión por satélite (no era viernes, cochinos). Por último Telemadrid volcada por lo visto en el suceso, no se ve. No se por qué pero me decido por la primera de TVE.
De repente, imágenes sobrecogedoras de un fuego brutal, despiadado e inaccesible. Ruido de escombros rompiéndose en el suelo, pequeños cristales brillando según caían al vacío, como las estrellas que faltaban en el cielo hacia el que se escapaban enormes lenguas de fuego. Y cientos de personas, bomberos haciendo lo imposible, sanitarios desplegando hospitales de campaña, policías estableciendo el pertinente "perímetro de seguridad", curiosos sacando fotos con el móvil y mirando, entre la fascinación y el temor, la inútil resistencia del gigante al que le quedan dos telediarios.
Raras veces se alcanza una catarsis como esa. Sabes que nadie te tachará de morboso mientras todos miran hacia el mismo punto, contemplando ese extraño y fascinante poder de destrucción del fuego, que hace patente la soterrada amenaza de ruina, de colapso, de fin (llámese como se quiera) que subyace en todo lo que se construye, ya sea un proyecto, un sueño o un edificio de 28 plantas. Viene a ser la versión material de aquella frase de Shakespeare que decía que desde el día que nacemos nos vamos acercando cada vez más a la muerte.
Y por la televisión, datos, muchos datos, año de construcción del edificio, litros de agua gastados, riesgos más inmediatos, declaraciones de los protagonistas... Y cagadas, muchas cagadas; en Telecinco las sabias palabras de los contertulios del marujeo son acompañadas por rótulos ajustados a la realidad, "El eificio Windsor se derrumba", "Caos en Madrid por el derrumbe de un gran edificio" (de ser la vida dibujos animados, me imagino al edificio Windsor diciendo "Coño, no jodáis que lo que estoy es a-r-d-i-e-n-d-o"), una reportera de TVE asegurándole al presentador del telediario que se encontraba a menos de 10 metros del edificio (cosa harto imposible a menos de que fuese pertrechada con un paraguas de amianto)...
Una hora después de tomar conciencia de dónde estaba, con quién y qué hacía mientras se gestaba un nuevo mito, apagué la televisión y volví a dormirme, sabiendo que por muy tarde que me hubiese acostado a) el edificio no iba a dejar de arder por el mero hecho de que no lo viese y b) que al día siguiente sobrarían datos sobre el suceso.
De vuelta a la realidad, a las aceras sucias, al ruido, al hormigón..., la información que ofrecían los medios no dejaba de ser abrumadora. La más curiosa es la que campaba mágicamente por los foros de internet. La probable causa del siniestro facilitada por fuentes oficiales, el famoso cortocircuito, era echada por tierra por los internautas más informados. Complots empresariales, atentados islámicos, conspiraciones judeomasónicas, incluso la inflitración en el edificio de un terrorista disfrazado de técnico que colocaba un dispositivo de ignición listo para hacer fuego exactamente a las 23.09, reveladora hora que eludía indudablemente al 11 de septiembre... El mundo está lleno de MacGyvers. Y también de gilipollas, claro está, porque hasta que se demuestre lo contrario no ha habido "día de la infamia".
El mismo (nulo) respeto me merecen aquéllos que, de nuevo en internet, criticaban sin piedad la falta de previsión, las medidas adoptadas y el comportamiento de los cientos de profesionales que han trabajado sin descanso para hacer que los presagios de Telecinco no llegasen a cumplirse. No es la primera vez que estos profesionales nos demuestran a todos que su labor en la sociedad es imprescindible y que son unos jodidos héroes. Un incendio pavoroso en una zona en la que pese al día de la semana y la hora (sábado a las 23.00 de la noche) había gente trabajando (vigilantes, personal de limpieza...), de marcha por los bares y discotecas aledañas (calle Orense), con un intercambiador utilizado cada día por 300.000 personas abierto (Nuevos Ministerios)... y los servicios sanitarios tan sólo tuvieron que atender a 3 bomberos, intoxicados leves por monóxido de carbono cuando subieron a la planta del Windsor en la que se originó el incendio en un primer momento.
Por las veces que uno ha oído las historias referidas al preciso momento en el que un tal Neil Armstrong ponía sus pies sobre la luna, quienes aún no éramos ni un proyecto de ser humano en ese 1969, veíamos con desilusión la posibilidad de no ser testigos de acontecimientos históricos de esos que terminan conformando el imaginario colectivo. Claro, que luego llegaría un 23 F, la caída del muro de Berlín, el 11 de septiembre en NY, el mismo día de marzo en Madrid o el incendio del edificio Windsor en uno de los reductos que internacionalizan el skyline patrio. Es evidente que cada uno de estos sucesos, por llamarlos de algún modo, no tienen nada que ver los unos con los otros. Las repercusiones y la importancia de cada tipo de acontecimiento es muy particular, compartiendo tan solo ese interés mediático y popular sobre lo que cada uno estábamos haciendo en el mismo instante en el que ocurrió.
Con respecto al último que nos sacudió la indiferencia, aunque me cueste reconocerlo, mientras el edificio Windsor empezaba a consumirse, yo estaba durmiendo. Es curioso, muy curioso. Precísamente ese fin de semana me encontraba a un centenar de kilómetros de Madrid, precísamente disfrutando de ese tipo de escapadas necesarias para descansar de las aceras sucias, del asfalto, del hormigón, de las prisas, del metro, del aire viciado, del ruido, del depender del inquebrantable horario que marcan despertadores, andenes, ordenadores y trabajo...
Una llamada. Miro la hora, la 1:45 de la mañana. En condiciones normales aún me quedarían casi dos horitas para despedir el día. Entre el sueño y la realidad distingo las palabras "Windsor", "ardiendo", "Castellana", "televisión" y "coloso en llamas". Cuelgo. Me doy la vuelta en la cama esperando volver a pillar el sueño. Pero no puedo. Ahí lo tenemos, ese obsceno morbo que preconiza un acontecimiento de relieve. Enciendo la televisión. En la primera de Televisión Española un telediario dando imágenes del suceso. En la 2 una película sobre unos aborígenes africanos. En Antena 3 una de esas películas basadas en hechos reales que han quedado desbancadas del horario siestil por los programas más sórdidos. En Telecinco, los habituales de un programa del corazón, amén de dar muestra de su innato conocimiento sobre el devenir existencial de la más baja calaña social, presumen sobre sus amplia experiencia en el campo de la arquitectura, sobre los métodos más apropiados para la extinción de incendios, reparto de cargas, estructuras de hormigón... (si se las dan de periodistas se las pueden dar también de arquitectos, médicos y peritos agrónomos si se tercia). En el plus... ni idea, codificado, y eso que en la publicidad del hotel decían tener televisión por satélite (no era viernes, cochinos). Por último Telemadrid volcada por lo visto en el suceso, no se ve. No se por qué pero me decido por la primera de TVE.
De repente, imágenes sobrecogedoras de un fuego brutal, despiadado e inaccesible. Ruido de escombros rompiéndose en el suelo, pequeños cristales brillando según caían al vacío, como las estrellas que faltaban en el cielo hacia el que se escapaban enormes lenguas de fuego. Y cientos de personas, bomberos haciendo lo imposible, sanitarios desplegando hospitales de campaña, policías estableciendo el pertinente "perímetro de seguridad", curiosos sacando fotos con el móvil y mirando, entre la fascinación y el temor, la inútil resistencia del gigante al que le quedan dos telediarios.
Raras veces se alcanza una catarsis como esa. Sabes que nadie te tachará de morboso mientras todos miran hacia el mismo punto, contemplando ese extraño y fascinante poder de destrucción del fuego, que hace patente la soterrada amenaza de ruina, de colapso, de fin (llámese como se quiera) que subyace en todo lo que se construye, ya sea un proyecto, un sueño o un edificio de 28 plantas. Viene a ser la versión material de aquella frase de Shakespeare que decía que desde el día que nacemos nos vamos acercando cada vez más a la muerte.
Y por la televisión, datos, muchos datos, año de construcción del edificio, litros de agua gastados, riesgos más inmediatos, declaraciones de los protagonistas... Y cagadas, muchas cagadas; en Telecinco las sabias palabras de los contertulios del marujeo son acompañadas por rótulos ajustados a la realidad, "El eificio Windsor se derrumba", "Caos en Madrid por el derrumbe de un gran edificio" (de ser la vida dibujos animados, me imagino al edificio Windsor diciendo "Coño, no jodáis que lo que estoy es a-r-d-i-e-n-d-o"), una reportera de TVE asegurándole al presentador del telediario que se encontraba a menos de 10 metros del edificio (cosa harto imposible a menos de que fuese pertrechada con un paraguas de amianto)...
Una hora después de tomar conciencia de dónde estaba, con quién y qué hacía mientras se gestaba un nuevo mito, apagué la televisión y volví a dormirme, sabiendo que por muy tarde que me hubiese acostado a) el edificio no iba a dejar de arder por el mero hecho de que no lo viese y b) que al día siguiente sobrarían datos sobre el suceso.
De vuelta a la realidad, a las aceras sucias, al ruido, al hormigón..., la información que ofrecían los medios no dejaba de ser abrumadora. La más curiosa es la que campaba mágicamente por los foros de internet. La probable causa del siniestro facilitada por fuentes oficiales, el famoso cortocircuito, era echada por tierra por los internautas más informados. Complots empresariales, atentados islámicos, conspiraciones judeomasónicas, incluso la inflitración en el edificio de un terrorista disfrazado de técnico que colocaba un dispositivo de ignición listo para hacer fuego exactamente a las 23.09, reveladora hora que eludía indudablemente al 11 de septiembre... El mundo está lleno de MacGyvers. Y también de gilipollas, claro está, porque hasta que se demuestre lo contrario no ha habido "día de la infamia".
El mismo (nulo) respeto me merecen aquéllos que, de nuevo en internet, criticaban sin piedad la falta de previsión, las medidas adoptadas y el comportamiento de los cientos de profesionales que han trabajado sin descanso para hacer que los presagios de Telecinco no llegasen a cumplirse. No es la primera vez que estos profesionales nos demuestran a todos que su labor en la sociedad es imprescindible y que son unos jodidos héroes. Un incendio pavoroso en una zona en la que pese al día de la semana y la hora (sábado a las 23.00 de la noche) había gente trabajando (vigilantes, personal de limpieza...), de marcha por los bares y discotecas aledañas (calle Orense), con un intercambiador utilizado cada día por 300.000 personas abierto (Nuevos Ministerios)... y los servicios sanitarios tan sólo tuvieron que atender a 3 bomberos, intoxicados leves por monóxido de carbono cuando subieron a la planta del Windsor en la que se originó el incendio en un primer momento.
Ante la inestabilidad que presenta el edificio, sólo nos queda despedirnos del Windsor, un nuevo rascacielos se erguirá en su lugar, cuando finalicen las obras de desmantelamiento de una estructura muerta, de un esqueleto espectral que de noche sugiere un escenario de pesadilla, irreal, aparecido de la nada como los barcos fantasmas de mil y una leyendas.
No se si este accidente mermará las posibilidades de que Madrid sea sede olímpica en 2012, la verdad es que, visto lo visto, si los señores del COI piensan que, después de esto, es ésta una ciudad poco segura y poco preparada, que con su pan se coman sus juegos y sus aritos de colores. Eso sí, que dejen los cartelitos que los anuncian y que sustituyan las fotos de gente sonriente por fotos de bomberos y de miembros sanitarios y de seguridad como los que han participado en la extinción de las llamas del Windsor. No se me ocurriría un slogan mejor que el de esos carteles, "Estamos preparados para tí".

"Tened cuidado, Telemandril os vigila"


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