Telemierda
Hay algo absolutamente tranquilizador sobre la televisión: lo peor está siempre por venir.
El responsable de tan genial frase no es otro que Jack Gould, crítico televisivo del New York Times que con toda probabilidad desconozca cómo en Hispania, las televisiones públicas y privadas vienen haciendo lo imposible por rebatir sus teorías embadurnando de mierda el imaginario colectivo que construye la caja tonta, tocando fondo en lo que a miseria intelectual se refiere.
Atrás quedaron los tiempos en los que Laswell, Lazarsfeld y otros tantos teóricos de la comunicación sentaron las premisas en las que aún hoy se escudan quienes nos venden humo. Informar, formar y entretener eran las bases sobre las que había de funcionar un medio de comunicación. La televisión siempre se ha revelado como un cauce aparte en el que todo puede valer con tal de ganar dinerito, que los empresarios tampoco son tontos, pero con el tiempo, todo se ha pervertido hasta el punto de haber redefinido sus funciones como servicio público. Por lo que se puede ver a cualquier hora del día, nada puede tener más interés para el telespectador que patrocinar el tren de vida que putas, maleantes, chulos, viciosos e ignorantes, entre otros, mantienen gracias a lo que largan, a lo que dejan de largar o a las camas que deshacen. No creo equivocarme si el 100% de ese público potencial al que está dirigido el patético espectáculo de vidas que se sustentan en la venta de su intimidad al mejor postor, dudase en calificarlas de chusma inservible. En este punto no se quien es más hipócrita, si aquellos que deciden por los demás, o los que abiertamente lo critican y pierden el culo para no perderse detalle.
Una experiencia sociológica interesante no es meter a 20 personas en una casa esperando a ver cómo se matan entre sí, sino echar un vistazo a la programación y tragándose el orgullo, sentarse en el sofá a ver el dantesco espectáculo en el que, reitero, putas, maleantes, chulos, viciosos y demás gente de mal vivir airea su mierda, o lo que es aún peor, se disfraza de contertulio y critica como los demás lo hacen. No me llena de orgullo admitir que lo considero insoportable y que he decidido prescindir bastante de la televisión, hay quien sí se pavonea de ello, incluso de forma clandestina, para volver luego a casa y dejarse invadir por (lo que no deja de ser una apreciación personal) escoria catódica ajena. Los hay incluso mejores, los que reniegan de la telebasura y sólo afirman ver los "doumentales de la 2", único baluarte cultural que perciben en la programación, lo que, vuelvo a decir, personalmente, no es más que un error de base. La cópula del león en el Serengeti o la complejidad del sistema digestivo humano son a la cultura lo que el bacon a la dieta mediterránea, un añadido cuyo interés radica en la curiosidad. Lo inofensivo del contenido, los planos bonitos y el rigor de una voz en off tras un chute de heroína son la principal diferencia que tiene con respecto a la programación basura, que, cayendo asimismo en la curiosidad, lo hace de forma morbosa. Por ende los términos "cultura" y "televisión" tampoco es que sean contradictorios, pero lograr la fórmula en la que un formato reuniese hoy en día la formación con el entretenimiento sin dejar de ser complicada, no contaría con demasiado respaldo. Es por eso que el requisito que se le pide a un medio como la televisión es el de que entretenga, sin más. Sobre los programas del corazón (epíteto de programas que hurgan en la mierda de los famosos -con independencia de las barbaridades cometidas para colgarles la etiqueta de "gente famosa"- con o sin su consentimiento y/o colaboración) poco queda decir que todos admitamos (también con independencia de la honestidad de cada uno a la hora de deir la verdad).
Otra modalidad de telemierda o de entretenimiento televisivo con el que, lentamente, sin apenas despertar sospechas, nos han venido acostumbrando durante años las televisiones copiando el formato del "reality show" o "talk show" yanqui, es el que se desparrama por todas las cadenas en los denominados "programas de testimonios". Valiente tipo de programas en los que drag queens cofiesan a sus progenitores que la depilación de piernas nada tiene que ver con una nueva afición ciclista, reencuentros de familiares que llevan años sin hablarse, cornudos y cornudas que perdonan en público a sus liberales parejas, gente con el cuerpo totalmente cubierto por tatuajes y piercings, ancianos de 90 años que llegan al segundo sin despeinarse... vamos, lo que se dice un jodido circo de gente cuya mayor ilusión es salir en la televisión para que todo el puto pueblo en el que vive se cague de envidia o le vitoreen cuando vuelva. Dijo Andy Warhol que todos deberíamos tener nuestros 15 minutos de fama, a lo que, a nota personal, añado 15 años de ostracismo y desprecio público si con esa aparición en televisión, lo que esa gente pretende es poder llegar a imaginar lo que siente uno de los famosos que pululan en los intervalos en los que estos talk shows dejan tiempo a otros espacios igual de asquerosos. Sin ánimo de menospreciar a tan numeroso grupo social (no olvidemos que entre los años que llevan estos programas funcionando, el número de canales que los emiten y el número de invitados por programa, media España puede meterse en este saco -si descontamos, eso sí, el famoso "invitado comodín", que aparece en diversos programas de testimonios jurando sufrir el problema sobre el que se trate cada día-), proponemos un sistema que garantizará, no sólo 15 minutos, sino una auténtica carrera dentro del mundo del famoseo, con sus paparazzis, sus exclusivas, sus apariciones en programas de mierda, y demás ventajas. Los pasos a seguir pueden ser los siguientes:
- Practicar cualquier actividad sexual con alguien que ya sea famoso (si no se puede encontrar el momento, se puede inventar una historia, cuanto más inverosímil y escabrosa, mejor). Esta es la opción más fácil, un famoso se lo hace con una, esa una con otro, ese otro con otra... Viene a ser lo mismo que cuando se le daba de comer a un Gremlin después de la medianoche, hay más oportunidades de encontrar uno.
- Asegurar haber consumido cualquier tipo de sustancia estupefaciente y/o sicotrópica con algún famosete o ser el camello de alguno de ellos. Si luego te tiras un farol y acojonas al gremio diciendo que puedes revelar una lista de clientes, te lloverá el dinero.
- Trabajar como empleado del famoso que se tercie y desvelar posteriormente sus trapos sucios (aquí la capacidad de inventar también es importante).
- Decir que alguien de tu familia espera un hijo de un famosete. Si ese alguien es mujer y es la que asegura estar embarazada, doble pelotazo, que la madre o el padre le acompañen a todos los programas posibles y dejen caer perlas del tipo "es un canalla, mi pobre hija..."
- Asegurar ser miembro de la famila Pajares.
Y es que si nosotros teníamos a los personajes de las series televisivas de nuestra infancia como modelos a seguir, ¿qué modelos les quedan a los chavales de hoy cuando a todas horas la televisión muestra estereotipos de viciosos, sodomitas, mangantes, putas, sinvergüenzas, verduleras, chulos y demás muestras de chabacanería sin límites?
Sin embargo, la única preocupación desde el observatorio legal del ministerio de cultura acerca de los contenidos televisivos es regular exclusivamente los programas de contenido violento, con el fin de que los niños no terminen siendo unos salvajes. No recuerdo quien dijo una frase que venía a decir que no es cierto que la televisión engendre violencia, antes de que existiese, la gente ya era violenta, incluso en mayor grado. Esta preocupación ministerial viene acompañada por la mayor atracción de todas, el "Consejo de sabios". Esta expresión, lejos de hacer referencia a un comité de expertos en la materia acerca de la que dirimen, personalmente siempre me ha recordado a un grupo de brujos conspirando en "El señor de los anillos". Lo mejor del asunto es que uno de esos sabios que tienen que decidir sobre el futuro de la televisión viendo el cariz que está tomando en los últimos tiempos, aseguró que no tenía televisión. No se si por querer mantener una pose chic, por dárselas de intelectual, por abominar de los contenidos años ha, porque los "documentales de la 2" ya no le ponen o porque es tan súmamente simple y torpe como para no saber la razón por la que recibe una nómina calentita cada final de mes a costa del contribuyente. O sea, que no sólo hay que sufrir una programación vomitiva, sino que encima hay que pagar (con dinerito del erario público, recordemos) a una panda de gandules, paladines de la salvaguarda de encomiables valores humanos, que, váyase a saber por qué motivo, ni siquera saben qué tienen que regular. Señoras Cármenes, Calvo y Caffarel: o ponen de patitas en la calle a aquél miembro del comité que no vea un mínimo de, pongamos, 15 horas televisivas diarias (que se joda), o para próximas ideas de semejante calibre, me buscan un puesto en el comité de marras, que en casa tengo televisión (lo que haga con ella es otro cantar, visto lo visto). Prometo teñime el pelo de blanco y dejarme una barba larga, larga...
Mientras el "Comité de sabios" hace sus cositas (bueno, algo hicieron en su día, recomendar que la televisión pública se acogiese a la doble financiación -impuestos + publicidad-, opinión que hasta la persona menos capaz habría sabido recomendar), las televisiones pugnan por alcanzar índices de audiencia más altos sin importarles la carnaza que echar a los hambrientos de basura catódica. 2004 se reveló como el año en el que una cadena privada, Telecinco, desbancaba a la televisión pública en espectadores. No olvidemos que esta lucha por reventar el audímetro también podría ser considerada una competición para ver quién es capaz de soltar más kilos de mierda mientras eso le suponga un beneficio económico. Y si el día de mañana los niños de hoy, en vez de violentos (ufff, menos mal, el "Comité de sabios" vence sobre las fuerzas oscuras), terminan siendo calcos de la peor calaña ensalzada por la televisión, más trabajo, más becarios haciendo prácticas en los medios para seguir las andanzas de las nuevas generaciones de... ya lo saben. Y más dinerito para las televisiones. Y así hasta que llegue un día en el que haya más famosetes de postín que gente normal.
Tanto revival gilipollesco con modas y músicas y a nadie se le ocurre volver a los formatos televisivos de hace apenas 20 años, cuando se podía presuponer valores como la moral y la dignidad en quienes decidían qué teníamos que ver, aunque para gustos, los colores.
Antes de terminar, con una cita del gran Federico Fellini, sólo espero que, de existir civilizaciones extraterrestres, no tengan los medios técnicos para recibir lo que va rebotando de satélite en satélite más o menos desde el trozo de espacio que corresponde a la península ibérica, ni la capacidad de entender otras lenguas, la nuestra concretamente. Aniquilar el planeta entero sería un acto de solidaridad y de amor interplanetario al acabar con un suplicio vergonzante e inmundo, aunque evitable negándonos en redondo a encender la caja tonta, tontísima (como aquél del "Consejo de sabios", si al final va a ser mi ídolo).
La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural.



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